Volumen 1, N1 Agosto de 2004

Edad y vida en el grupo conquistador

 

Un estudio de la existencia humana en el siglo XVI (1)

Esta es una investigación histórica sobre la edad y la vida de un grupo específico: los conquistadores de Chile[2], es también un estudio sobre cómo se comprendía en el siglo XVI la existencia humana: ¿cuáles eran los calificativos de edad? ¿Cómo se definían las edades de la vida? ¿Qué noción del tiempo poseía la sociedad conquistadora?

El tema es muy vasto y poco explorado: valgan ambas consideraciones para aceptar olvidos y perdonar imprecisiones. En el desarrollo del trabajo hemos utilizado estadísticas y gráficos, pero ello no implica que sea o pretenda ser demográfico, más bien tiende a inmiscuirse en la historia de las mentalidades.

La edad promedio de los conquistadores no aparece como objeto de consideración especial entre los historiadores chilenos del siglo XIX y comienzos del XX[3], sin embargo, algunas obras historiográficas contemporáneas[4] han insistido en la poca edad del grupo conquistador, rasgo básico que los diferenciaba de la sociedad de donde procedían y factor explicativo en la pujanza expansiva y fundacional que realizaron en América durante el siglo XVI.

En verdad, no se disponía de un estudio encaminado a enfocar y desarrollar este tema con precisión. Conspiraban contra esto la escasez de fuentes documentales que consignan la edad; la poca confiabilidad cuando el dato aparecía señalado y la ausencia de un concepto claro sobre lo que se entendía en aquella época por edad, vida y tiempo.

Estas páginas, que procuran comenzar a llenar ese vacío, se apoyan en una metodología mixta, cuantitativa y selectiva, y vienen a sostener a diferencia de la tesis ya expuesta, la correspondencia demográfica de los conquistadores con la sociedad de donde proceden y la amplia participación de los hombres en edad madura.

La vida humana durante los siglos preindustriales estaba marcada, mucho más que ahora, por los grandes cambios biológicos: la pubertad, con sus transformaciones físicas y sicológicas. La senectud, con la huella del tiempo vivido: la caída de dientes[5], del pelo, el agotamiento de la vista, el anquilosamiento muscular, la sordera, etc. Estas eran las puertas de entrada y salida de la madurez, estimada como el mejor período de la existencia humana.

Concebida así la vida, la edad precisa no interesaba, sólo era una referencia al ciclo vital en que se estaba, por ello Francisco Rubio de Alfaro, nacido por 1515, declaró en 1555, “contar más de treinta y menos de sesenta años”[6], o Pedro de León[7], del cual tenemos declaraciones donde su probable fecha de nacimiento varía entre 1500 y 1534, ¡nada menos que treinta y cuatro años! Así entendemos expresiones como las del vecino de la villa de Almagro, en Extremadura: “Juan Gómez, carpintero, el viejo, que es de edad de 65 años e más tiempo...”[8].

La calidad social y un mejor nivel cultural contribuyen sí a precisar la edad, la razón es obvia, ella depende de las posibilidades de registro y confrontación; a mayor interés por la propia persona y también por el lugar que se ocupa en la sociedad, existe una mayor conciencia en cuanto a la existencia vivida, esto es, a la edad que se posee, pero manteniéndose dentro del cuadro general ya esbozado, como cuando el alguacil mayor de Santiago, capitán Alonso del Campo Lantadilla, declara en 1619: “soy de edad de setenta años..”[9].

Debemos entender pues, que en los siglos XVI y XVII, la concepción de la vida y del tiempo eran apreciativas más que exactas; relacionaban más que individualizaban, por lo demás, faltaban las cédulas de identidad ya que apenas comenzaban a generalizarse los registros parroquiales en España, mientras que los relojes[10]   estuvieron ausentes de Chile durante todo el siglo XVI.

Pero también podía ocurrir en la información de edad, una intencionalidad apenas encubierta: si se piden honores y mando, la edad se disminuía, para mostrar un estado físico compatible; pero si se piden encomiendas, mercedes o prebendas, la edad se amplía, para indicar una larga vida dedicada al servicio del rey.

El concepto de edad se aplicaba al hombre y a la tierra, no sólo la más próxima al hombre europeo —de ahí Viejo y Nuevo Mundo— sino a toda ella, conmovida como los hombres por el anuncio cristiano. Esto puede verse en la obra de Jerónimo de Chávez, astrólogo y cosmógrafo del siglo XVI, allí titula un capítulo “De las Edades del hombre” y el siguiente “De las edades del mundo”[11].

La noción del tiempo estaba impregnada de relaciones espaciales: “Tener tiempo, tener lugar... Andar con el tiempo, acomodarle... Darle tiempo al tiempo, dar lugar...” se lee en el Tesoro de la Lengua Castellana” [12], con primera edición en 1611. Eran años todavía, donde la impresión subjetiva del paso del tiempo era muy fuerte y el horizonte temporal, referido preferentemente al pasado, vago y amplio [13]. Uno de los elementos culturales de los conquistadores, los libros de caballería[14], tienen una atmósfera intemporal, mágica, enmarcada por la presencia divina: un mundo dividido entre buenos y malos, donde siempre triunfan los primeros, lo que sin duda contribuye a la confianza de los conquistadores, quienes, por otra parte, viven en la concepción cristiana del tiempo: el tiempo se piensa menos como una noción pura, como medida abstracta... que como percepción de un hecho psicológico, es decir, como una experiencia interna del alma[15]. En cualquier momento, el hombre debía estar preparado para morir y comparecer ante el Creador[16]. Como se expresaba en los testamentos de los siglos XVI y XVII, “en mi entendimiento y cumplida memoria, y temiéndome de la muerte, que es cosa natural, y queriendo poner mi ánima en carrera de salvación”[17]. Convicción profunda y constante, “vista que la vida es breve...”[18] escribía uno de nuestros hombres a su esposa e hijos, que vivían en la lejana España.

En verdad, podemos extender al tiempo, a su concepto y percepción, lo dicho para las edades de la vida humana. Esto explica porqué la datación de los hechos en los documentos es escasa e imprecisa, referida comúnmente a sucesos de gran importancia civil o militar, o catástrofes, que son tomados como hitos cronológicos[19]. De ahí expresiones como “más ha de cincuenta años”; “de veinte años a esta parte”; “la mayor parte del tiempo”, etc. Todas ellas vienen en definitiva a expresar sólo una idea general del transcurrir, de la existencia de un proceso cronológico temporal, lineal, enmarcado en la concepción cristiana, tradicional. La preocupación moderna o renacentista por “el paso del tiempo” se encuentra diluida, sólo afloraba en los trámites mercantiles o en la preocupación política.

Insistimos, para nosotros la edad de los conquistadores es un problema histórico, no demográfico. No expondremos tablas de expectativas de vida, fecundidad u otros temas de la demografía. Sólo planteamos que la edad es un dato necesario para comprender al hombre o mujer que participó en la conquista. Nos ayuda a percibir la importancia de la experiencia americana; la rivalidad entre los primeros pobladores y los llegados después, el acceso a cargos y honores en la sociedad, el aporte indígena y mestizo y la relación del grupo conquistador con la estructura demográfica europea. En fin, que ellos no eran un grupo homogéneo, cerrado, sino más bien poseían una gran variedad de orígenes raciales y de culturas, en donde los peninsulares imponían el modo; así también, eran distintos en cuanto a la edad, y si bien no faltaron niños ni adolescentes, predominaban los adultos y no eran escasos los viejos o ancianos.

Los conceptos de edad empleados hace cuatro siglos diferían de los que ahora usamos. “La vida —dice Covarrubias— la reparten en menos, poniendo tres edades: la edad verde, cuando va el hombre creciendo; la adulta que es varón perfecto, la que se va precipitando y disminuyendo, que es la vejez... [20]. Junto a esta dimensión biológica se extendía al hombre y su vida el símil de las estaciones del año, en donde el verano representaba la niñez y el invierno la ancianidad. Existía también un uso social, para aquellos años, un propósito cristiano. La adolescencia o mocería, que transcurría de los catorce a los veintiuno, era la etapa en que se aprendía a ser hombre y se podían ejercer ya derechos: cumpliéndose los catorce los príncipes asumían plenamente su dignidad real, los nobles comenzaban su preparación militar, como escudero de algún caballero, se ingresaba como novicio en alguna orden religiosa, se matriculaba en una universidad[21].

En esta primera etapa, la “edad verde”, los calificativos más usados comenzaban con “muchacho” (22), utilizado para niños de año y medio hasta adolescentes de doce a catorce, no estaba exento de un tinte peyorativo, pues venía de “mocho”, esto es, el que no ha crecido todo lo que debe. Luego encontramos el término “mancebo”[23] equivale a soltero menor de veinte años, todavía bajo la tutela paterna. Otra expresión era “mozo”. En América primó su sentido de calificación juvenil antes que de criado. Aunque imprecisa en algunos casos, así en el Inca Garcilaso de la Vega: “todos mozos, que apenas se hallaban entre ellos uno que tuviera canas”[24], la expresión se fue cargando con una valoración militar, como lo usa Góngora y Marmolejo: “mozos gallardos y briosos”[25], sin olvidar la connotación de inmadurez, como que mocedades por tonteras era de uso común.

Completado el proceso de crecimiento corporal, disciplinado el espíritu y adquirido un oficio, se es hombre. Los calificativos de índole despectiva desaparecen, “ímpetus son de hombre”[26]  se lee en un documento de época y se enaltece la virilidad, vital para la sociedad en años de fuerte mortalidad infantil. El mismo término de “hombre” reemplaza al de marido o esposo entre las mujeres del pueblo. Los límites de esta edad iban entre los veinte y poco más de cuarenta años, cuando el individuo estaba en la plenitud de su capacidad militar e intelectual, y por tanto, en la edad ideal para ejercer el mando.

La valoración de esta etapa de la vida se expresaba en Europa, entre otras cosas, porque se le designaba como la “juventud” y los astrólogos señalaban que ella estaba regida por el Sol, rey de los astros[27].

En América se la estimaba como la más adecuada para cumplir la misión del conquistador, como Hernán Cortés o Pedro de Valdivia entre muchos, y todos aspiraban a estar en ella más tiempo que el permitido por el reloj de la vida y los escrutadores ojos de sus contemporáneos, ya fuera agregándose años a la edad moza o disminuyéndoselos tras la adultez[28].

Tras los cuarenta, venía la ancianidad, antecesora de la muerte. Se le asociaba a la decrepitud física, pero también al momento del merecido reposo, los términos podían ser vejatorios y estar en un contexto relacionado con incapacidad: “viejos, cojos y mancos...” se lee en un “Memorial” sobre el despoblamiento de Concepción en 1554. Si el individuo disfrutaba de una sólida situación económica y una alta consideración social, amén de política, recibía el trato respetuoso de la ancianidad respetable. Cuando la edad superaba los setenta, rara excepción en una época en que las expectativas de vida al nacer llegaban a los 21 a 24 años[29], cabía la admiración: “viejo y de tanta edad” tratan a un conquistador de ochenta años[30]   o cuando a Pedro González de Utrera lo identificaban como “el viejo de nota”[31].

En cuanto a los términos calificativos para la vejez, son poco variados, predomina y con mucho, el de “viejo”[32], que aplicado en general a las cosas deterioradas por el paso del tiempo, en el género humano implicaba “el hombre de mucha edad”, vocablos equivalentes eran “hombre de días” y anciano [33].

En el caso de la mujer, las calificaciones de edad estaban matizadas por el proceso biológico, especialmente la fecundidad y por la concepción cultural que sobre ella existía: sobrevaloración de la maternidad, fidelidad conyugal.

En la sociedad patriarcal[34]  de los siglos preindustriales, cabía a la mujer sólo la obediencia al hombre, centro de la familia como padre y marido; del reino, como Rey; de la humanidad, como Dios[35]. Situación que un destacado jurista hispano e indiano del siglo XVII resumía: “Así como el hombre existe para gloria de Dios, la mujer es para la gloria del hombre”[36] juicio construido sobre citas bíblicas e históricas que nadie osaba refutar.

A semejanza del elemento varonil, los términos para la infancia eran “niña” y “mochacha”. La adolescencia o pubertad se expresaba en “doncella”, “la mujer moza y por casar, la que no ha conocido varón”[37]. Cuando la mujer era ya capaz de ser madre o había procreado, se comenzaba por “hembra”, epíteto que en verdad estaba muy extendido: “linda hembra, vale hermosa mujer. La rica hembra, gran señora. Mala hembra, es todo cuanto malo se puede decir”, así nos ilustra y advierte una autoridad lingüística del siglo XVII. La calificación de “dama”, se utilizaba exclusivamente para la mujer de alcurnia, de preferencia la esposa de un noble poderoso, en donde el término se enriquecía con todos los atributos que debía cumplir la “perfecta casada”: “Dama... vale tanto como señora moza hermosa, discreta, callada, noble... que en las ocasiones de días de fiesta y saraos, sale en público con mucha gallardía y se deja ver de todos: y ella misma fuera de las tales ocasiones guarda su encerramiento...”[38]. Necesario es advertir, la exigencia de retraimiento que la sociedad patriarcal imponía a la condición femenina[39].  De ahí la serie de calificaciones despectivas para la mujer que no siendo casada mantenía relaciones con hombres, como el de “manceba”, reservado para las que estaban en tratos con hombres solteros.

Pasada la edad fértil, de adulta o madura, en años más tempranos que para el hombre, esto es, antes de los cuarenta, se utilizaban los vocablos “vieja” y “anciana”, ambas con las mismas implicancias despectivas que sus correspondientes masculinos.

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